sábado, 23 de octubre de 2010

Pozo Calero

Desastres y muertes de mineros, en unos casos, rescates de película en otro, me trajeron a la memoria el nombre de una mina de carbón y de un minero. La mina: “Pozo Calero”, el minero, Emiliano Conde M.

Era casi un niño cuando mi hermano, luego de contraer matrimonio, no le quedó más remedio que emigrar, lejos de la familia, en busca de ocupación bien pagada. La consiguió en una mina de carbón situada en Barruelo de Santullán. No fue fácil, pero allá se metió. Y digo se metió porque nunca nos dijo, en realidad, qué hacía en la mina. Lo supimos luego. Quería ganar dinero, quería tener su hogar y cómo mantenerlo responsablemente. Ganó más dinero que otros mineros, pero también le llegó más temprano el agotamiento físico que supone la terrible enfermedad de la silicosis.

Conocí, de lejos, la entrada al Pozo Calero. En realidad, me daba miedo. Nos contó que más de una vez vio salir por aquel “ascensor” mejor llamado jaula, algunos compañeros fallecidos por explosión de gas. Conocí el barrio donde vivían algunas familias “privilegiadas”, cerca de la mina y con alquiler, si no gratuito, muy barato. Eran casas pequeñas pero muy acogedoras, al menos eso me parecía en aquellos años.

La cordura o la necesidad, le hicieron jubilarse pronto de aquel trabajo, contratándose de guarda municipal en Barruelo. Terminó haciendo su vida en Palencia atendiendo la portería de un edificio de oficinas y apartamentos primero, y luego “gozando” de los beneficios de su jubilación definitiva.

Murió como se presumía y sabía que tenía que morir: con los pulmones destrozados por aquella enfermedad. Y no es fácil morir así cuando hasta el oxígeno molesta y sin embargo no queda otro remedio si es que el organismo quiere resistir algo más.

Hace unos días murieron cuatro mineros ecuatorianos en el tajo, buscando oro y comodidad para sus familias. Se dice que, al menos uno, aguantó hasta dos horas antes de ser rescatado sin vida. Al pobre también le faltó el aire y no tuvo oxígeno que le proporcionara nadie.

Y cuando esto sucede, siempre se habla de “seguridades mínimas” para este tipo de trabajo. Pues sí, seguridades mínimas porque totales creo que no hay en ninguna. Y sin embargo sigue habiendo mineros que ponen en peligro sus vidas todos los días. Son valientes y le empuja también la necesidad y el orgullo de disfrutar, algún día, de una familia feliz y en condiciones más que aceptables.

Lo sucedido en Chile es un ejemplo del buen uso de la tecnología, unidad, fortaleza, decisión nacional y gubernamental. El costo del rescate vale menos que treinta y tres vidas ligadas a otras tantas familias. Era emocionante, para los que lo veíamos cómodamente sentados observar cómo la cápsula bajaba y subía llena de vida; es de suponer cómo habrá sido para ellos, sus familias y para todos quienes gastaron tiempo y vida en lograr su rescate.

sábado, 4 de septiembre de 2010

A TRILLAR: EL DURO TRABAJO DEL VERANO
Entre las muchas acepciones de la palabra “era” el DRAE anota: “Espacio de tierra limpia y firme, algunas veces empedrado (en nuestro caso siempre cubierto de hierba corta), donde se trilla la mies. Y ¿trillar? El mismo DRAE dice: “Quebrantar la mies tendida en la era, y separar el grano de la paja”.
Esa época de verano en que se trillaba la mies, tenía su encanto para unos y duro trabajo para todos. Había que levantarse temprano para acarrear de las tierras la mies, si es que no se había hecho la tarde anterior.
La faena comenzaba pronto y, la mies extendida con maestría por los agricultores, empezaba a sentir el peso cortante de los trillos que, arrastrados por los animales, iban quebrantando las pajas poco a poco. La mañana terminaba cuando algún bien intencionado hacía sonar las campanas para el rezo del Angelus. Los animales, sin soltarlos del yugo, eran llevados a la sombra de algún portal donde descansaban por muy poco tiempo.
A media tarde se iniciaba el trabajo de aparvar la mies molida. Para mí era un momento no muy agradable. A mi padre no le gustaban los juegos de los muchachos subiéndose al aparvadero. En la trilla de mi padre sólo estaba yo ayudando en la faena de aparvar. Lo del juego sería en la era del amigo.
Como algo típico e inolvidable, hay que recordar la forma cómo se atendía a las naturales necesidades biológicas de los animales. Todos tenían a bordo del trillo el recipiente adecuado, menos el “tio panadero” que siempre, medio dormido, medio distraído, lo recibía en la mano con guantes de paja…
Y amontonada artísticamente la paja mezclada con el trigo, terminaba la agotadora jornada cada día, para comenzarla de nuevo al día siguiente…y así por espacio de casi un mes.
Lo de “limpiar” o beldar el trigo utilizando los bieldos, y las horcas, era un momento que me gustaba muchísimo. Era un placer ver cómo iba apareciendo el grano de trigo que tanto esfuerzo había costado desde que lo sembraron hasta que ahora se podía llevar a la casa con gozo, y que serviría para el sustento de la familia. Lo de acarrear los costales de trigo al desván o sombrado(sobrado) como decían en mi casa, no me lo perdía nunca.
Pero siempre me quedó una expresión interna de enojo, de rebeldía y les cuento el porqué. En el pueblo había las eras de abajo, donde trillaban unos dos o tres vecinos dueños de su terreno. Había las eras de arriba utilizadas también por sus propietarios. Por fin, las eras del alto. Estas eran terreno común del pueblo y cada año se sorteaba un espacio para hacer la cosecha. Lo raro es que en el sorteo entraban todos los vecinos y, algunos de los que tenían la propia, utilizaban la suerte para trillar lo que no querían hacer en la suya. Repito, nunca acepté esa situación, especialmente cuando a mi padre le tocaba en la ladera, lugar terrible para realizar el trabajo.
Cuando mi padre pudo utilizar nuestra era propia, allí por el camino de Velilla, fue un encanto. La trilla se molía más temprano y el trabajo de los animales era mucho menor. Nunca supe que mi padre tomara en cuenta el sorteo después de esto.
¿Recuerdan este vocabulario? El trillo, el carro, los picos, las mallas, el sobeo, las cornales, el yugo, los bieldos, las horcas de hierro o de madera, la pala, los garios, la criba, el aparvadero y las parvas de trigo….¡Qué parvas tan grandes las de algunos vecinos! Bueno, eran los ricos del pueblo.

viernes, 13 de agosto de 2010


El roble de Pedro
En tiempos no muy remotos, el monte Tamborisco o Tamorisco, incluso la zona de Valdezalces, eran espacios totalmene cubiertos de robles, encinas, rebollos, etc. La “civilización”lo fue invadiendo, poco a poco, de tal manera que las parcelas agrícolas ganaron terreno al monte. ¿Quién no hablaba de la “suerte” que le había tocado en la Cota? Y claro, había que ir a cavar mata con la finalidad de sembrarla cuanto antes de trigo.
Recuerdo que en Tamorisco había muchos robles gordos, muy gordos. Pero también recuerdo que, además de la distribución equitativa que se hacía cada año de leña entre los vecinos para calentar la casa en invierno y cocinar todo el año, también, por la fiesta de San Pelayo, las autoridades concedían a los mozos un par de carros de leña para solucionar sus problemas económicos relacionados con la organización de la fiesta.
Y de esta manera, las faldas de Tamorisco fueron quedando peladas, casi desérticas. La civilización tiene sus cosas positivas pero también ha destrozado demasiado nuestro Planeta.
Pero todavía quedan unos pocos, muy pocos ejemplares de aquellos robustos y hermosos robles. Si no los has visto de cerca, te invito a dar un paseo subiendo al cerro por Valdezalces.
Allí hay un roble al que todos conocen como el roble de Pedro. No hace falta decir quién fue Pedro, personaje muy popular por su forma de ser y por el oficio que tenía. Su “oficina” era el lugar de encuentro de abuelos, mozos, chiquillos y hasta señoras, porque Dionisia también era la amiga de todas. ¡Cómo le gustaban las ciruelas todavía verdes a Pedro!
Pues resulta que Pedro no quiso cortar el roble que le tocó. Ya no lo necesitaba y tampoco quería seguir destrozando el monte y el paisaje. Y ahí quedó para recuerdo y memoria de quien, a su estilo, protegió a la naturaleza de nuestro pueblo. Ojalá no se le ocurra a nadie tocar esas bellezas.

sábado, 31 de julio de 2010

A LAVAR A “VILLEZA”

En aquellos años, recién saliendo de una guerra fratricida, faltaban muchas cosas en mi pueblo. Y ni pensar que se solucionaran pronto. Castilla y León siempre fueron regiones buenas para fundamentarse en el estudio de la Historia patria pero sin peso alguno para los gobiernos centrales a la hora de solucionar problemas o atender mejoras.

No había agua ni entubada, mucho menos de la que ahora llamamos potable. Aunque eso de “potable” no era tan exacto que digamos. Los manantiales que mi pueblo tenía en su contorno y hasta en las goteras del pueblo, siempre fueron considerados como excelentes para el consumo humano. Hasta esas maravillas que brotaban de la entraña de la tierra, concurrían las jóvenes del pueblo con sus botijos, sus cántaros o calderos en busca del líquido elemento que serviría para el consumo humano y aseo de la casa.

Los animales también debieron sentirse privilegiados. Las aguas en las que saciaban su sed diaria eran frescas y limpias y nunca faltaron en cualquiera de los pagos o sectores agrícolas pertenecientes a mi pueblo.

Lo de lavar la ropa sí era un poco problemático. Había que acumular la suficiente para que justificara el trámite de ida y vuelta, poner a secar, regar o mojar, recoger y planchar. El lugar más concurrido para ese menester era “Villeza” situado a menos de un km de distancia del pueblo. Dos hermosas charcas o fuentes de las que brotaba a borbotones un agua limpia y pura…la mejor para limpiar la ropa de hombres, mujeres y niños dignos de presentarse limpios y bien vestidos, especialmente los domingos.

La faena comenzaba muy de mañana. Había que llevar el canasto o canastos, la taja, el mazo, el jabón aquel, como el de ahora, con el que frotar acuciosamente la ropa. No era raro el encontrarse con otras buenas mujeres que hacían lo mismo. El trabajo, entonces, se hacía más llevadero. Nunca falta conversación y en especial entre mujeres… Cuando la labor no terminaba en la mañana, alguien de la familia, los chiquillos con más frecuencia, llevaban la comida a la hermana o a la madre. Este juntarse los pequeños en aquel lugar propiciaba la oportunidad para buscar nidos si era primavera, cortar algún zumaque para ensayar el primer pitillo, (y cómo picaba la lengua con aquella cosa…..de sauco), o simplemente corretear por las huertas gozando del buen clima y de la vista del valle del Cea.

En la tarde llegaba el cargamento a casa y seguía el merecido descanso de aquella mujer trabajadora y edificante que todo lo hacía por amor y con alegría. Al día siguiente, a tender en los prados, rogando que luzca un buen sol para que la ropa, sin quemarse por el mismo, quede limpia, brillante y con el rico aroma que el “azulete” le proporcionaba.

Y ya está: ahora hay que acompañar a la madre o hermana a recoger todo. Ahí aprendí cómo se doblaban las sábanas y demás prendas de gran tamaño. Les confieso que lo hacía con gusto ya que siempre recibía la felicitación y el cariño de aquellas dos mujeres a las que no puedo olvidar y que se fueron demasiado temprano.

¡Cómo han cambiado los tiempos! Para mejor, sin duda. A las generaciones actuales, incluso las que viven todavía en mi pueblo, esto les sonará a música nunca escuchada. Pero no dudo que alguien se acordará todavía de aquellos tiempos que, por ser pasados, no me atrevo a decir que fueron mejores pero sí maravillosos.

Tal vez les parezca que escribo bajo los efectos de la nostalgia. No sé. Puede que sí, pero es que las vivencias familiares, de vecinos y amigos asimiladas y disfrutadas al máximo aquellos años de la niñez, no tienen olvido. Este, el de “a lavar a Villeza” es tan sólo un botón de muestra. Espero seguir con otros que la memoria no ha permitido que pasen al eterno olvido.