jueves, 15 de agosto de 2013


15 de agosto: La Asunción
    Día lleno de recuerdos y sentimientos. De niño, se sentía la fiesta grande, “Nuestra Señora de agosto” para unos, “La Virgen de agosto” para otros, y para muchísimos oportunidad para festejar, religiosamente también, y agradecer por los frutos de la cosecha que ya estaban en casa.
     En la época de estudiante, en Carrión de los Condes, la celebración era por todo lo alto. Es la fiesta patronal del Instituto Marista. Y que era fiesta grande, se notaba en la misa y en la mesa. Y por ser el día señalado, desde hace tantos años, en que se abría la veda de la codorniz, ahí estábamos correteando a las crías por los rastrojos linderos a la carretera de Carrión a Villoldo. No era lo más importante volver con algún ejemplar, lo interesante era correr tras las codornices que, asustadas por el ruido, levantaban vuelo a cada paso.
    Y en este punto, mucha pena me ha dado cuando he coincidido en visita de la familia, ver abandonados perros que ya no sirven para sus dueños, para esos cazadores que llegaron llenos de municiones en plan de divertimento y que regresan con muy poca caza debido no tanto a su falta de pericia cuanto a que ya casi no queda en el campo esa hermosa clase de aves.
    Hace un año, los recuerdos, los buenos recuerdos como marista, renacieron en Manziana, Italia, donde tuve la suerte de compartir durante dos meses con hermanos de la tercera edad. La fiesta fue grande en todo sentido; se unieron a nosotros los hermanos residentes en la casa general y, en familia, festejamos a La Buena Madre en su advocación de la Asunción.
    Teníamos en Carrión tres libros de cantos: “el español”, con tapas color teja; “el mejicano”, color negro y más pequeño y el “laudate” de pastas verdes y con todos los motetes en latín. Del “español” recuerdo muchas canciones señaladas para los diferentes tiempos litúrgicos. Había unos villancicos hermosos de verdad. Pero para este día, 15 de agosto, Nuestra Señora de la Asunción, había una canción, un poema, con un ritmo y contenido orante que no he podido olvidar nunca. De vez en cuando me viene, especialmente en este mes, aquella melodía y la canto para mis adentros con el mismo sentimiento y emoción de los años chicos y no tan chicos. Dice así en la primera parte: Blanca paloma que subes / de paz dulce mensajera / cruzando la azul esfera / para llegar hasta Dios. / No nos dejes en el valle / que es todo llanto y tristura. / Duélate nuestra amargura / Madre, llévanos en pos.
    Y en esta región del sur del Ecuador, en donde me encuentro, el 15 de agosto es día grande para todos los fieles devotos de la Virgen con la advocación de Nuestra Señora del Cisne. Hermoso santuario enclavado en lo alto de la cordillera y a donde llegan devotos de todo el país, incluso de Colombia y Perú. Desde mañana comenzará la peregrinación de la imagen seguida de los devotos, su camino hasta Loja, en tres etapas. El 20, cuando peregrinen desde Catamayo a Loja, unos 30 kilómetros, la multitud impresiona. Es la fe sencilla de mucha gente de la que no falta quien se  mofe en estos tiempos que vivimos.
    Al cielo vais, Señora, /y allá os reciben con alegre canto. / ¡Oh quién pudiera ahora /asirse a vuestro  manto / para subir con vos al monte santo!

Volved los blandos ojos, / ave preciosa, sola humilde y nueva, / a este valle de abrojos, / que tales flores lleva, / do suspirando están los hijos de Eva. (Himno de las segundas vísperas de la fiesta)

viernes, 1 de marzo de 2013



La escuela de mi pueblo (I)

Don Aureliano, si no estoy equivocado, era el maestro del pueblo. Tenía fama de muy duro y de utilizar el castigo físico de forma regular. Se contaban historias muy feas. La realidad es que yo nunca vi ninguna escena de castigo físico. Los mayores de la escuela se llevaban muy bien con él y corrían al frontón, cada recreo, para jugar pelota en su compañía. También era cierto que los jóvenes del pueblo recibían clases en las noches en forma gratuita, claro está.
Don Aureliano me enseñó a leer y a escribir. Eso es mucho decir y de no olvidar. Pero mi primer día de escuela fue angustioso por decir lo menos. El salón tenía una sola puerta en la parte de atrás. Por dentro, el carpintero le puso dos listones cruzados que, para mí, significaron, en los primeros momentos, que estaba preso, encerrado, trancado…. Lloré mucho, lo recuerdo bien. Pero sólo el primer día. Porque ir a la escuela era el ritual por el que pasabas a pertenecer al grupo de chiguitos del pueblo. A partir de ese día, las tardes ya eran más libres para hacer de todo.
Un día a la semana, no recuerdo cuál, con brazo levantado y mirando a la bandera, cantábamos una canción que me gustaba: “¡Salve, bandera, de mi patria, salve! También aprendíamos aquella otra que decía “Cara al sol con la camisa nueva….” Eran los tiempos.
Don Aureliano se fue. Y en un par de años pasaron por la escuela un buen número de maestras jóvenes y guapas. Las queríamos mucho porque ellas también se hacían querer. Las esperábamos en el camino a Villeza cuando llegaban en el coche de línea.  En general se portaron muy bien y creo ponían en práctica la pedagogía recién aprendida en la Normal. Hubo una de ellas, que dibuja y pintaba maravillosamente. Recuerdo las láminas de cada  domingo que nos traía el taco, con las llenaba el pizarrón grande.
Esto no se me olvida. Una de ellas, lástima de la memoria de pájaro, se ausentó un tiempo. La reemplazó un mozo del pueblo que pasaba en Madrid, creo. Me refiero a Isaac Pacho. Su estilo de enseñanza nos sorprendió a todos. Hablaba de puntos ganados, de premios a los que más se esforzaban…y qué buen trato. Luego supe que había sido Marista en su juventud…
Pero Isaac también cayó en la equivocación de la maestra y, junto con mi compañero y amigo, Máximo Pacho, nos bebimos una copa, bueno, mejor es decir probamos una copa de aceite en vez de licor. ¿Qué pasó? La maestra había cumplido años y una chiquilla residente en Madrid y que pasaba una temporada en el pueblo, organizó un pequeño agasajo a la profesora. Claro, había que contribuir con una cuota que mi padre no me proporcionó porque no tenía dinero para cosas así. Tampoco Máximo pudo cumplir con aquella decisión…..
Pero no se me olvida el detalle de la profesora que no soportó la ausencia de dos alumnos y que, seguramente, comprendió el motivo. Nos llevó a la casa a los tres y nos invitó a unas galletas y a una copa de licor. La pobre se equivocó de botella y las llenó de aceite. Ni mi compañero ni yo, nos atrevimos a decir nada. Fue Isaac quien, nada más tocar sus labios el líquido, se lo hizo notar de una forma agradable y risueña. Pobre maestra. No sabía cómo disculparse. Por supuesto que nos la cambió por el verdadero licor. Ese detalle de llamarnos no se me olvida. En la maestra había una persona de verdad  y no podía dejar en el olvido a ninguno de sus alumnos.
Los recuerdos, hasta este momento, son agradables. Me iba bien en la escuela. Todos éramos amigos. Como era mixta, el trato con las chicas era bueno y normal. Con el tiempo se comenzó a jugar a mayores y se hablaba hasta de novias… ¡Qué goce!
Había en la escuela un juego de libros de lectura cuyos caracteres estaban impresos como en letra manuscrita. Me encantaba cuando nos llevaban, alrededor de la gran mesa de la maestra, a practicar la lectura a los que ya podíamos hacerlo con soltura. ¡Qué historias tan interesantes!
También tenía la escuela una serie de cartelones que representaban la Historia Sagrada. Estaban, si mal no recuerdo, colgados de las paredes. En ellos, una veces guiados otras personalmente, repasábamos la historia graficada  y resumida que podemos encontrar en la Biblia.
Los recuerdos son muchos, pero no quiero cansar. Seguiré en otro momento.

lunes, 31 de octubre de 2011

¡Qué solos se quedan los muertos!
Mes de noviembre, mes de las ánimas.
Una vez más, los recuerdos me trasladan al terruño que me vio nacer. Noviembre es un buen motivo para eso. Sus atardeceres rápidos y fríos,el calor del hogar que tanto unía a la familia,especialmente cuando en la calle soplaba con fuerza el viento y las gotas de agua golpeaban las ventanas, el recuerdo, imposible de apartar, de los que ya nos dejaron, el toque para el rosario, a donde acudía con gusto, unas veces de la mano de mi padre, otras de mi hermana o de mi madre, el susurrar cadente y piadoso de las avemarías del rosario….
Pero noviembre tenía algo más: era el toque tan especial, el repique que me llegaba hasta lo más profundo, el sonar de las bien fundidas campanas de mi pueblo que llamaban a la oración, al recuerdo de los seres queridos, con un timbre patético y sentimental. Ese repique, insisto, no se va de mis recuerdos aunque la nieve que cubre mi cabeza, hable de algunos años ya.
El ambiente familiar y religioso del templo me tranquilizaba y no recuerdo en absoluto haber tenido miedos infundados. El recuerdo es positivo, el sentimiento, reconfortante y las imágenes auditivas y visuales, acogedoras. Recuerdo también el ladrido de algunos perros que, en la oscuridad de aquellas noches y, al escuchar el sonar de las campanas, ladraban lastimeramente. ¿Entenderán esos animalitos el lenguaje de las campanas?
Más tarde, cuando me topé con la magnífica poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, mis recuerdos se hicieron más profundos y significativos. Les invito a leer, si no a recordar, la Rima LXXIII cuyo mensaje coincide con el inicio de esta página. También puede servirles,como a mí, la lectura de una de sus famosas leyendas titulada “El monte de las ánimas”.
El viento frío y el agua golpeando en las ventanas seguirá su ritmo normal; los perros seguirán lanzando sus ladridos nocturnos y lastimeros en noviembre, tal vez asustados por los ruidos extraños que el viento acelera. Pero, ¿Será que todavía suenan las campanas de mi pueblo durante el mes de noviembre con aquel lastimero y acompasado son? ¿Será que todavía mis paisanos van a la iglesia y oran agradecidos a Dios por la vida de quienes no precedieron y nos dieron ejemplo de entrega total a la familia y a la sociedad? El recuerdo, siempre positivo, de quienes nos dejaron anticipadamente, ¿tendrá sentido todavía entre las nuevas generaciones?

jueves, 14 de julio de 2011

HACE UN AÑO…

Sí, ha transcurrido un año desde el día en que recibí en el aeropuerto de Quito a una parte de mi familia. Si les dijera que no estaba preocupado y nervioso, mentiría.

Por estas tierras han llegado familiares de compañeros y a casi todos acompañé en alguna de las salidas, disfrutando con ellos de su alegría. Pero nunca pensé que alguien de los míos se atreviera a cruzar el charco y Los Andes. Siempre dije, como Santo Tomás, que no creería hasta ver. Además me preocupaban otras cosas que, por lo visto, no tenían ninguna importancia: el alojamiento apropiado, la alimentación, la facilidad o dificultad de movimiento… Ventajosamente todo fue resuelto y ellos se acomodaron sin problema a nuestra vida, alimentación y compañía.

Catorce días fue un tiempo muy corto para gozar de tanta maravilla que se derramó sobre estas tierras bendecidas. El resto será para otra vez… Pero ese poco tiempo fue aprovechado al máximo. Se puede decir que no paramos, es decir, no les dejé parar…

En la salida a la provincia de los lagos, Imbabura, sentí que disfrutaron del paisaje, de la naturaleza toda, de la gente. Todavía los estoy viendo en la lancha que surcaba las aguas de Cuicocha y admirando los muros de roca que la separan del volcán y nevado Cotacachi. El mercado de Otavalo, con la presencia de la población indígena ataviada con ropa dominguera, creo que les marcó positivamente la retina. Por allá habrá alguien que está luciendo alguna de las prendas de vestir, escogidas al gusto personal, en Otavalo y Cotacachi, la ciudad del cuero.

El 11 de julio, día señalado para siempre en el que España se coronó campeona del mundo en fútbol, nos sorprendió en la isla Santa Cruz del archipiélago de Galápagos. Me di cuenta que nadie en la familia, era muy aficionado a ese deporte. Sin embargo no hubo cómo desmarcarse de la emoción y el gusto que invadió el bus en el que escuchamos el gol de la victoria.

Los cuatro días en Galápagos no tuvieron desperdicio ninguno. Vimos lo que se podía ver y estuvimos a unos pasos de la riquísima fauna de las islas. Es como encontrarse en otro mundo. Todavía son ellos, los animales, los dueños del lugar. Esperemos que por mucho tiempo más. La estadía en ese paraíso y las emociones que conllevan, únicamente se pueden vivir, difícil contar.

Y para cerrar el periplo, nos embarcamos en el “rodeo”, gentilmente cedido para estos días por los Hermanos de Quito, rumbo al Oriente Ecuatoriano. Subida hasta la ciudad balneario de aguas termales de Papallacta y, enseguida, enfilamos hacia Tena. Montaña, páramo, vegetación tropical húmeda, paisajes nunca vistos y carretera en excelentes condiciones. La noche de Tena nos permitió sentir lo que es llover en la selva, en el trópico. Y aventureros como eran todos, incluso armados de filmadora, no perdimos detalle. Hasta viajamos algunos minutos por el río Napo, afluente del Amazonas, y sentimos el calor, la humedad y hasta algunos moscos de los que inquietan a los turistas.

Baños del Tungurahua, hermosa ciudad turística, con facilidad de alojamiento y condiciones para pasarlo muy bien. El volcán, que esos días había estado dando espectáculos fantásticos, se tranquilizó un poco y únicamente pudimos observar el vapor y seguramente la ceniza que lanzaba con fuerza desde su potentísima caldera. Las imágenes quedaron muy bien registradas.

Pero la presencia cercana, muy visible, como quien dice a un tiro de piedra, del coloso, del nevado Chimborazo, fue una experiencia creo que imperecedera. Hasta el refugio administrado por un personaje culto y soñador llegamos luego de algunas dudas, pero llegamos. Realmente es impresionante contemplar al coloso. Uno se ve tan pequeño ante semejante mole que se siente anonadado. Allí conocimos a las ovejas de los Andes. Ellos tienen en foto la realidad a la que me refiero.

Y para terminar este periplo, la laguna de Quilotoa, a cuyos linderos llegamos entrada la tarde andina, envueltos en un viento frío que hizo recordar otros lugares muy lejanos. La carretera que nos condujo hasta el lugar es la característica de los Andes: vueltas y más vueltas; subidas y bajadas, encuentro con animales no tan comunes para algunos como los burros, llamas y alpacas. Nos alojamos en un hotel de las inmediaciones de la laguna. Las fotos del alojamiento dan cuenta del estilo del mismo y de sus administradores. Se fue la luz cuando cenábamos y el incidente convirtió el momento en más romántico y exótico. Eso sí, mucho frío y los efectos de la altura en la que nos encontrábamos, fueron sentidos por todos, incluso cuando descansábamos bien arropados. Ciertamente faltaba aire.

Gracias, familia, por haber hecho ese esfuerzo. Repito, nunca creí que se diera algún día, pero se dio. Sólo me queda la satisfacción de saber que volvisteis contentos y que recordáis esos días con mucho entusiasmo y placer.

martes, 8 de marzo de 2011

El invierno en mi pueblo
“Media España, en alerta por fuertes lluvias y nieve.
Se podrán acumular hasta 15 litros por metro cuadrado en una hora y se esperan hasta 20 centímetros de nieve.”
Eso dicen las noticias.
El invierno era duro en mi pueblo. Mucho frío, mucho barro y casi siempre mucha nieve. Pero tenía su encanto el invierno. Los labradores, que ya habían puesto la semilla en los campos, podían dedicarse a otras laboras más de casa, más del hogar. La vida familiar era, por lo tanto, más intensa al calor de la lumbre y el roce social se intensificaba en las reuniones de hombres y chiquillos aunque fuera al abrigo de algún rincón o solana.
El invierno era la oportunidad para desempolvar las madreñas. Las madreñas, las había de todos los tipos. Algunos las usaban sin tacos, otros con ellos. Las mías fueron escogidas por mi madre y eran muy bonitas. Los montañeses, en los meses de otoño, habían llegado al pueblo con los productos conocidos: manzanas, castañas, varas de avellano, nueces….y también madreñas o albarcas. Algunas tenían excelente presentación y colorido.
No se me olvidan aquellos carros largos tirados por unos bueyes pequeños y bonitos. Siempre me preguntaba qué tipo de bueyes eran aquellos que, siendo tan pequeños, arrastraban con facilidad los carros cargados de los productos antes mencionados.
Al atardecer y en la noche, se intensificaba el frío y era muy común observar en la mañana colgar los chupiteles de hielo desde todo lugar por donde se había desprendido agua. Pero lo más hermoso era amanecer con el suelo cubierto con una capa de nieve, a veces bastante gruesa, que impedía, en la práctica, salir a la calle. Era el momento de las palas para abrir el sendero desde el corral a la calle. El paisaje impresionaba por su blancura y luminosidad.
La escuela no dejaba de llenarse de bulla y los recreos eran el momento apropiado para jugar con la nieve haciendo figuras y las consabidas guerras entre bandos.
Los aficionados a la caza aprovechan para salir en busca de algúna presa. La escopeta y los perros no podían faltar. Pero también se ponía en práctica la caza menor: aquellas pajareras que se escondían bajo la nieve dejando al descubierto algo de estiércol a donde iban, sin reparo, los pardales y los tordos. A la distancia de aquellos años, uno se pregunta qué beneficio real podían llevar a la casa cuatro pardales o dos tordos; pero así nos divertíamos. Hoy no lo hubiera hecho.
Algunos caminos se convertían en sitios peligrosos por la gran cantidad de nieve que se acumulaba y que impedía calcular la profundidad en donde se podía caer si no se ponía todo el cuidado del caso. Era un problema la entrada en el pueblo de algún vehículo que, por necesidad, debía llegar dejando la carretera. No había grúas pero sí personas generosas que ayudaban con gusto a sacar el coche del atolladero.
Los chiquillos teníamos nuestros lugares de encuentro porque en casa muchas veces estorbábamos. Solían ser los portales de la “tia” Juana o el de mi padre. Allí se hacía de todo, se hablaba de todo y se planificaban, como casi siempre, algunas travesuras de muchachos, nada serio por cierto.
Era hermoso ver todo el valle del Cea y las cercanas estribaciones de las montañas cubiertas de nieve. Esa imagen no se ha borrado con el pasar de los años, y cuando he tenido la oportunidad de tocar la nieve de estas tierras tropicales en las faldas de algún nevado como el Cayambe o el Cotopaxi, he recordado con gusto aquellos días de la infancia.
No hay duda que, con todas sus diferencias, no hay estación que no tenga su encanto, a pesar de las características exageradas de algunas de ellas.

sábado, 23 de octubre de 2010

Pozo Calero

Desastres y muertes de mineros, en unos casos, rescates de película en otro, me trajeron a la memoria el nombre de una mina de carbón y de un minero. La mina: “Pozo Calero”, el minero, Emiliano Conde M.

Era casi un niño cuando mi hermano, luego de contraer matrimonio, no le quedó más remedio que emigrar, lejos de la familia, en busca de ocupación bien pagada. La consiguió en una mina de carbón situada en Barruelo de Santullán. No fue fácil, pero allá se metió. Y digo se metió porque nunca nos dijo, en realidad, qué hacía en la mina. Lo supimos luego. Quería ganar dinero, quería tener su hogar y cómo mantenerlo responsablemente. Ganó más dinero que otros mineros, pero también le llegó más temprano el agotamiento físico que supone la terrible enfermedad de la silicosis.

Conocí, de lejos, la entrada al Pozo Calero. En realidad, me daba miedo. Nos contó que más de una vez vio salir por aquel “ascensor” mejor llamado jaula, algunos compañeros fallecidos por explosión de gas. Conocí el barrio donde vivían algunas familias “privilegiadas”, cerca de la mina y con alquiler, si no gratuito, muy barato. Eran casas pequeñas pero muy acogedoras, al menos eso me parecía en aquellos años.

La cordura o la necesidad, le hicieron jubilarse pronto de aquel trabajo, contratándose de guarda municipal en Barruelo. Terminó haciendo su vida en Palencia atendiendo la portería de un edificio de oficinas y apartamentos primero, y luego “gozando” de los beneficios de su jubilación definitiva.

Murió como se presumía y sabía que tenía que morir: con los pulmones destrozados por aquella enfermedad. Y no es fácil morir así cuando hasta el oxígeno molesta y sin embargo no queda otro remedio si es que el organismo quiere resistir algo más.

Hace unos días murieron cuatro mineros ecuatorianos en el tajo, buscando oro y comodidad para sus familias. Se dice que, al menos uno, aguantó hasta dos horas antes de ser rescatado sin vida. Al pobre también le faltó el aire y no tuvo oxígeno que le proporcionara nadie.

Y cuando esto sucede, siempre se habla de “seguridades mínimas” para este tipo de trabajo. Pues sí, seguridades mínimas porque totales creo que no hay en ninguna. Y sin embargo sigue habiendo mineros que ponen en peligro sus vidas todos los días. Son valientes y le empuja también la necesidad y el orgullo de disfrutar, algún día, de una familia feliz y en condiciones más que aceptables.

Lo sucedido en Chile es un ejemplo del buen uso de la tecnología, unidad, fortaleza, decisión nacional y gubernamental. El costo del rescate vale menos que treinta y tres vidas ligadas a otras tantas familias. Era emocionante, para los que lo veíamos cómodamente sentados observar cómo la cápsula bajaba y subía llena de vida; es de suponer cómo habrá sido para ellos, sus familias y para todos quienes gastaron tiempo y vida en lograr su rescate.

sábado, 4 de septiembre de 2010

A TRILLAR: EL DURO TRABAJO DEL VERANO
Entre las muchas acepciones de la palabra “era” el DRAE anota: “Espacio de tierra limpia y firme, algunas veces empedrado (en nuestro caso siempre cubierto de hierba corta), donde se trilla la mies. Y ¿trillar? El mismo DRAE dice: “Quebrantar la mies tendida en la era, y separar el grano de la paja”.
Esa época de verano en que se trillaba la mies, tenía su encanto para unos y duro trabajo para todos. Había que levantarse temprano para acarrear de las tierras la mies, si es que no se había hecho la tarde anterior.
La faena comenzaba pronto y, la mies extendida con maestría por los agricultores, empezaba a sentir el peso cortante de los trillos que, arrastrados por los animales, iban quebrantando las pajas poco a poco. La mañana terminaba cuando algún bien intencionado hacía sonar las campanas para el rezo del Angelus. Los animales, sin soltarlos del yugo, eran llevados a la sombra de algún portal donde descansaban por muy poco tiempo.
A media tarde se iniciaba el trabajo de aparvar la mies molida. Para mí era un momento no muy agradable. A mi padre no le gustaban los juegos de los muchachos subiéndose al aparvadero. En la trilla de mi padre sólo estaba yo ayudando en la faena de aparvar. Lo del juego sería en la era del amigo.
Como algo típico e inolvidable, hay que recordar la forma cómo se atendía a las naturales necesidades biológicas de los animales. Todos tenían a bordo del trillo el recipiente adecuado, menos el “tio panadero” que siempre, medio dormido, medio distraído, lo recibía en la mano con guantes de paja…
Y amontonada artísticamente la paja mezclada con el trigo, terminaba la agotadora jornada cada día, para comenzarla de nuevo al día siguiente…y así por espacio de casi un mes.
Lo de “limpiar” o beldar el trigo utilizando los bieldos, y las horcas, era un momento que me gustaba muchísimo. Era un placer ver cómo iba apareciendo el grano de trigo que tanto esfuerzo había costado desde que lo sembraron hasta que ahora se podía llevar a la casa con gozo, y que serviría para el sustento de la familia. Lo de acarrear los costales de trigo al desván o sombrado(sobrado) como decían en mi casa, no me lo perdía nunca.
Pero siempre me quedó una expresión interna de enojo, de rebeldía y les cuento el porqué. En el pueblo había las eras de abajo, donde trillaban unos dos o tres vecinos dueños de su terreno. Había las eras de arriba utilizadas también por sus propietarios. Por fin, las eras del alto. Estas eran terreno común del pueblo y cada año se sorteaba un espacio para hacer la cosecha. Lo raro es que en el sorteo entraban todos los vecinos y, algunos de los que tenían la propia, utilizaban la suerte para trillar lo que no querían hacer en la suya. Repito, nunca acepté esa situación, especialmente cuando a mi padre le tocaba en la ladera, lugar terrible para realizar el trabajo.
Cuando mi padre pudo utilizar nuestra era propia, allí por el camino de Velilla, fue un encanto. La trilla se molía más temprano y el trabajo de los animales era mucho menor. Nunca supe que mi padre tomara en cuenta el sorteo después de esto.
¿Recuerdan este vocabulario? El trillo, el carro, los picos, las mallas, el sobeo, las cornales, el yugo, los bieldos, las horcas de hierro o de madera, la pala, los garios, la criba, el aparvadero y las parvas de trigo….¡Qué parvas tan grandes las de algunos vecinos! Bueno, eran los ricos del pueblo.

viernes, 13 de agosto de 2010


El roble de Pedro
En tiempos no muy remotos, el monte Tamborisco o Tamorisco, incluso la zona de Valdezalces, eran espacios totalmene cubiertos de robles, encinas, rebollos, etc. La “civilización”lo fue invadiendo, poco a poco, de tal manera que las parcelas agrícolas ganaron terreno al monte. ¿Quién no hablaba de la “suerte” que le había tocado en la Cota? Y claro, había que ir a cavar mata con la finalidad de sembrarla cuanto antes de trigo.
Recuerdo que en Tamorisco había muchos robles gordos, muy gordos. Pero también recuerdo que, además de la distribución equitativa que se hacía cada año de leña entre los vecinos para calentar la casa en invierno y cocinar todo el año, también, por la fiesta de San Pelayo, las autoridades concedían a los mozos un par de carros de leña para solucionar sus problemas económicos relacionados con la organización de la fiesta.
Y de esta manera, las faldas de Tamorisco fueron quedando peladas, casi desérticas. La civilización tiene sus cosas positivas pero también ha destrozado demasiado nuestro Planeta.
Pero todavía quedan unos pocos, muy pocos ejemplares de aquellos robustos y hermosos robles. Si no los has visto de cerca, te invito a dar un paseo subiendo al cerro por Valdezalces.
Allí hay un roble al que todos conocen como el roble de Pedro. No hace falta decir quién fue Pedro, personaje muy popular por su forma de ser y por el oficio que tenía. Su “oficina” era el lugar de encuentro de abuelos, mozos, chiquillos y hasta señoras, porque Dionisia también era la amiga de todas. ¡Cómo le gustaban las ciruelas todavía verdes a Pedro!
Pues resulta que Pedro no quiso cortar el roble que le tocó. Ya no lo necesitaba y tampoco quería seguir destrozando el monte y el paisaje. Y ahí quedó para recuerdo y memoria de quien, a su estilo, protegió a la naturaleza de nuestro pueblo. Ojalá no se le ocurra a nadie tocar esas bellezas.

sábado, 31 de julio de 2010

A LAVAR A “VILLEZA”

En aquellos años, recién saliendo de una guerra fratricida, faltaban muchas cosas en mi pueblo. Y ni pensar que se solucionaran pronto. Castilla y León siempre fueron regiones buenas para fundamentarse en el estudio de la Historia patria pero sin peso alguno para los gobiernos centrales a la hora de solucionar problemas o atender mejoras.

No había agua ni entubada, mucho menos de la que ahora llamamos potable. Aunque eso de “potable” no era tan exacto que digamos. Los manantiales que mi pueblo tenía en su contorno y hasta en las goteras del pueblo, siempre fueron considerados como excelentes para el consumo humano. Hasta esas maravillas que brotaban de la entraña de la tierra, concurrían las jóvenes del pueblo con sus botijos, sus cántaros o calderos en busca del líquido elemento que serviría para el consumo humano y aseo de la casa.

Los animales también debieron sentirse privilegiados. Las aguas en las que saciaban su sed diaria eran frescas y limpias y nunca faltaron en cualquiera de los pagos o sectores agrícolas pertenecientes a mi pueblo.

Lo de lavar la ropa sí era un poco problemático. Había que acumular la suficiente para que justificara el trámite de ida y vuelta, poner a secar, regar o mojar, recoger y planchar. El lugar más concurrido para ese menester era “Villeza” situado a menos de un km de distancia del pueblo. Dos hermosas charcas o fuentes de las que brotaba a borbotones un agua limpia y pura…la mejor para limpiar la ropa de hombres, mujeres y niños dignos de presentarse limpios y bien vestidos, especialmente los domingos.

La faena comenzaba muy de mañana. Había que llevar el canasto o canastos, la taja, el mazo, el jabón aquel, como el de ahora, con el que frotar acuciosamente la ropa. No era raro el encontrarse con otras buenas mujeres que hacían lo mismo. El trabajo, entonces, se hacía más llevadero. Nunca falta conversación y en especial entre mujeres… Cuando la labor no terminaba en la mañana, alguien de la familia, los chiquillos con más frecuencia, llevaban la comida a la hermana o a la madre. Este juntarse los pequeños en aquel lugar propiciaba la oportunidad para buscar nidos si era primavera, cortar algún zumaque para ensayar el primer pitillo, (y cómo picaba la lengua con aquella cosa…..de sauco), o simplemente corretear por las huertas gozando del buen clima y de la vista del valle del Cea.

En la tarde llegaba el cargamento a casa y seguía el merecido descanso de aquella mujer trabajadora y edificante que todo lo hacía por amor y con alegría. Al día siguiente, a tender en los prados, rogando que luzca un buen sol para que la ropa, sin quemarse por el mismo, quede limpia, brillante y con el rico aroma que el “azulete” le proporcionaba.

Y ya está: ahora hay que acompañar a la madre o hermana a recoger todo. Ahí aprendí cómo se doblaban las sábanas y demás prendas de gran tamaño. Les confieso que lo hacía con gusto ya que siempre recibía la felicitación y el cariño de aquellas dos mujeres a las que no puedo olvidar y que se fueron demasiado temprano.

¡Cómo han cambiado los tiempos! Para mejor, sin duda. A las generaciones actuales, incluso las que viven todavía en mi pueblo, esto les sonará a música nunca escuchada. Pero no dudo que alguien se acordará todavía de aquellos tiempos que, por ser pasados, no me atrevo a decir que fueron mejores pero sí maravillosos.

Tal vez les parezca que escribo bajo los efectos de la nostalgia. No sé. Puede que sí, pero es que las vivencias familiares, de vecinos y amigos asimiladas y disfrutadas al máximo aquellos años de la niñez, no tienen olvido. Este, el de “a lavar a Villeza” es tan sólo un botón de muestra. Espero seguir con otros que la memoria no ha permitido que pasen al eterno olvido.